...tengo miedo...

31 octubre 2009
Tan sólo escucho los latidos de mi corazón acelerándose. Mi respiración se agita. El aire frío de la noche me quema la garganta y se clava en mis pulmones como dagas de hielo.

Ya no corro. Me he tropezado con una rama seca y he caído al suelo. No puedo levantarme. La oscuridad de la noche es cada vez más intensa, más lúgubre. Tengo el cuerpo entumecido del frío, la ropa empapada de la humedad del suelo,... Tengo sueño, un sueño de los que te intentan arrancar el estado de consciencia de golpe. De esos que se ciernen sobre ti dejándote tan débil que apenas puedes abrir los ojos.

Pero ante todo tengo miedo. Un miedo irracional y descontrolado que se extiende por mi cuerpo como una mancha de tinta en un papel mojado. Una sensación de peligro, de un enorme peligro que se acerca entre las sombras. Hacía tiempo que no lo sentía, que no sentía ese temor que precede a un suceso horrible. Ese terror a algo que no se puede identificar pero que está ahí, esperando, anhelando atacar, aguardando el momento.

Mis extremidades ya no me responden, apenas consigo darme la vuelta para dejar mi cuerpo tendido boca arriba. Mis ojos entrecerrados buscan alguna estrella en el firmamento que me de consuelo, pero las ramas de los arboles no me dejan ver el cielo.

El bosque está jugando, alzando su ficha en busca de una nueva casilla. El dado está en el aire y noto como cae a cámara lenta, realzando cada cara de su pulida superficie perfecta, centelleando en la oscuridad, preparándose para marcar una sentencia.

Busco en mi interior las fuerzas que tenía aquel día en que decidí abandonar la charca y lanzarme al bosque. Pero busco en vano. Mi energía se ha disipado en este mar de arboles secos. En esta bruma oscura y sombría. En este silencio estancado.

Lanzo una mirada a la oscuridad en busca de auxilio, pero sólo el silencio me contesta. Sólo hay miedo en este lugar, sólo hay pérdida, sólo estoy yo.

Finalmente cierro lo ojos y dejo que la oscuridad me trague y me consuma.

...por hoy, me doy por vencido...

Solo entre gotas de agua

20 septiembre 2009
Llueve.

Ya me he acostumbrado al sonido de la lluvia contra la ventana. A las finas gotas de agua deslizándose por el cristal y cayendo nuevamente al vacío. Los continuos resplandores de luz de los rayos que irrumpen en la noche. El sonido de los truenos que retumba en las frías y húmedas paredes de la residencia.

Si, ya me he acostumbrado a esta espiral de monotonía. A las sombras negras perfiladas a la luz de las farolas. A las calles que se pierden en el horizonte taponadas por cientos de personas sin rostro.

Y me siento sólo. A pesar de todos cuantos me rodean, me siento inconfundiblemente solo. ¿Se puede uno acostumbrar a eso?

Hubo un tiempo en que yo lo estaba, en que no me importaba la gente, en que no buscaba nada más allá de las 4 paredes de mi habitación. Pero ese tiempo paso ¿no? Hay cosas que no es fácil recuperar. No es lo mismo vivir sin probar la miel que renunciar a ella. No es lo mismo vivir siempre solo que perder a la gente que necesitas.

Ver llover en otro tiempo me animaba, me calmaba, me relajaba. Hoy la lluvia apenas consigue despegarme los ojos de la pantalla. Se ha vuelto tan monótona, tan triste, tan repetitiva.

Llueve y sigo solo. Y aunque mañana dejara de llover... yo seguiría estándolo.

Pero ya no puedo acostumbrarme.

...culpa mía...

21 agosto 2009
Ojalá llorar diera fuerzas en lugar de quitarlas,...

Aun estamos juntos y ya puedo notar la distancia. La siento entre mi cuerpo y el tuyo, como intenta separarnos, alejarnos. Le da igual el tiempo, los besos, los abrazos, sabe que va a ganar, no necesita a nadie. En cuestión de días estaremos lejos, a miles de kilómetros de distancia. En lugares que no hay coche ni tren que los una. Kilómetros separados por agua.

Cada noche cuesta un poco más contener las lágrimas. Estar a tu lado y tratar de infundirte ánimos sin casi tenerlos. Tratando de parecer firme con todos, parecer fuerte.

Pero soy débil. Ayer el mar me recordó lo lejos que está el sitio a donde voy. Me trajo el aroma de tu cuerpo que ya empiezo a notar como se aleja de mi. El mar me recordó la cantidad de veces que me he prometido que la distancia no era obstáculo, y la cantidad de veces que no he podido creerme.

Es muy duro separarte de la persona a la que quieres por la fuerza. Ver como te es arrancada de tus manos y te ves obligado a despedirte y a mantenerla en la memoria hasta que te dejen volver a verla. Sin embargo, es mucho más duro separarte de la persona a la que quieres por tus propias decisiones. Saber que si quisieras podrías quedarte a su lado, que sólo una decisión te aleja de estar en sus brazos.

Me voy porque quiero, porque es lo que tengo que hacer, porque así lo decidí. Y esa decisión me hace casi tanto daño como la distancia misma. No puedo dejar de pensar que es culpa mía, aunque sea lo que tengo que hacer, aunque sea lo más racional, aunque cualquier otra decisión fuese una tontería,... a pesar de todo ello no deja de ser todo culpa mía.

Ojalá llorar diera fuerzas en lugar de quitarlas,... pero llorar no sirve de nada...

Contra la espada y la pared

24 julio 2009
Estaba atrapado, condenado a sufrir eligiese lo que eligiese. La fría pared arañaba mi espalda sin piedad, rajando mi camisa, desgarrando mi piel, tiñendo de gris mi sangre. Mis manos se encontraban aferradas a la fría roca, tratando de separarla de mi unos centímetros sabiendo que justo delante se erguía un enemigo peor.

La fina hoja de la espada rozaba mi cuello teñida con el rojo de mi sangre, bañándola, alimentando su brillo, su poder.

Varias lágrimas rodaban por mis mejillas sin que mi garganta se atreviera a emitir sonido alguno. Mis músculos se tensaban a medida que el dolor de la espalda iba en aumento, mis dientes rechinaban a la par que mis ojos se cerraban fuertemente tratando de reprimir un doloroso grito de agonía.

La espada continuaba avanzando hacía mi, obligándome a retroceder hacía la pared, obligando a mi cuerpo a clavarse las duras y afiladas piedras de su superficie.

Y cuando el dolor fue insoportable, lancé un grito a la noche descargando la fuerza de mi llanto, de mi dolor, de mi angustia. Y al tiempo que gritaba e inconscientemente me alejaba de la pared, la hoja de acero se hundió en mi garganta haciendo emanar de ella un torrente de sangre roja y brillante que inundó la hoja y se derramó por mi cuerpo.

Mi cuerpo al poco quedó inerte, colgando del cuello donde la espada seguía clavada arrebatándome los últimos segundos de vida.

Mis últimos pensamientos fueron de arrepentimiento. Pero la muerte llegó demasiado rápido y no llegué a entender de que me arrepentía.

Última noche en la charca

23 julio 2009
El viaje estaba preparado.

La charca se había quedado pequeña y había que salir, buscar el océano, la calma del mar. Pero antes tenía que atravesar el bosque sin perderme, sin desviarme, sin parar de caminar.

Había soñado mil veces con el cambio, con la marcha, con ese viaje por el sendero de luz y oscuridad que se perdía en el horizonte del tiempo. Pero era ahora cuando se vislumbraban las piedras del camino, los baches, las curvas. Ahora ya no era un sueño, era una realidad, y como tal tenía sus dificultades. Ese pensamiento, lejos de asustarme o intimidarme, me alentaba a partir, me estimulaba, hacía nacer en mi una urgencia por despertar y perderme en las profundidades de ese bosque de conocimiento.

Sabía lo que dejaba atrás, sabía que sería duro, sabía que era un giro a lo desconocido.

Pero no había vuelta atrás. El tiempo corría incansable, acelerado. Podía escuchar el eco silencioso de un péndulo que marcaba un compás cada vez más rápido, advirtiendo de que la marcha estaba cerca.

Aun era de noche, los primeros rayos del alba aun no habían rozado mis aguas, pero ya no podía dormir. Estaba todo preparado para el amanecer. Toqué mis aguas en un intento por grabar su frescura en mi tacto para que ésta me acompañara en los ineludibles tiempos de sequía, y cerré los ojos finalmente, no con la esperanza de dormir, sino con la misión de descansar los párpados para lo que les esperaba...

Será un camino desconocido y difícil pero, lo que está claro, es que habrá mucho que ver en él.

...cuando la luz de la mañana me hiciese abrir los párpados de nuevo, el viaje comenzaría...

Volvió el yo...

17 julio 2009
Y me parece que te estoy perdiendo. Que ya no vas en mi barca sino que empiezas a remar en tu velero. Y te alejas, te distancias, te vas... o quizás soy yo quien te aleja, quien te lanza lejos sin quererlo. Hoy parece que se cae otro pétalo rojo que me da vida.

Un suspiro vuela lejos de mi, y sin embargo aun lo siento tan dentro. Es la llamada del silencio, del mar, de la noche. Un relámpago lanza al aire un te quiero, y después se apaga. Pero el te quiero perdura, se aviva, se reencarna.

Cae una nueva lágrima teñida de negro carbón. La lágrima apaga la vela. La oscuridad me envuelve. Y de nuevo... vuelve a existir el yo.

Yo lo desprecio. Lo odio, le miento, lo arranco, lo lanzo, lo muerdo, lo tiro, lo quemo... Y sin embargo el yo vive dentro de mi, se extiende por mis venas como un torrente de luz negra. Traza brechas en mi piel. Saca raíces en mi mente. El yo, más fuerte que nunca, me envuelve.

Ya no se si lo quiero. Antaño lo amaba, lo comprendía, lo respetaba, lo admiraba, incluso... lo temía. Ahora sólo siento por él un profundo desprecio mezclado con odio y en el fondo, muy en el fondo,... un latir de nostalgia y recuerdo. No nostalgia hacía él, sino hacía lo que antaño representó para mi: un mundo racionalmente perfecto.

Si pudiera abrazarlo de nuevo no habría problema alguno, pero todo ha cambiado.

Creí haber aniquilado al yo... pero el yo ha vuelto...

Cuando el silencio gana...

20 abril 2009
Era el silencio, lo que me inquietaba aquella noche era aquel silencio mordaz. La lluvia que se precipitaba sobre las calles se había quedado de pronto completamente muda. Lo que en un principio me había parecido un cambio climático no más que sorprendente, se convirtió en un miedo irracional tan pronto vi por la ventana que la lluvia no había amainado. Recuerdo ver a mi reflejo en la ventana quedarse pálido ante la posibilidad de haberme quedado sordo de pronto, y sin embargo, de algún modo, sabía que no era así. Por alguna razón suponer que las leyes físicas habían dejado de tener validez se me antojaba más fácil de creer que la aparición infortunada de una sordera repentina.

Me deslicé con suavidad hasta mi armario con intención de vestirme y salir a ver que había pasado con el sonido del mundo. La inquietud aumentaba a cada paso sordo, a cada crujido de la madera que notaba bajo mis pies y cuyo sonido no parecía llegar nunca hasta mis oídos. De haber estado lo suficientemente despierto como para darme cuenta de lo que estaba pasando, lo más probable es que me hubiera vuelto completamente loco.

Ya junto al armario sentí un escalofrío que recorría mi cuerpo al tiempo que notaba como se mojaba mi piel. Noté el impacto de miles de gotas de agua contra mi cuerpo semidesnudo que, aparentemente en vano, intentaba terminarse de vestir ante una siniestra lluvia que de pronto había brotado en el interior de mi propia habitación.

No eran goteras como pueda creer un lector que no hubiera vivido lo acontecido aquella noche de invierno, las gotas de agua simplemente atravesaban el techo como si de humo se tratara, como si la ausencia de sonido hubiera también alterado las leyes más sagradas que regían el universo y la materia.

Aunque a uno le hubiera sido vetado el don de la audición años atrás y en su casa no hubiera caído de pronto un siniestro diluvio sin aparentes goteras, podría haber sentido en el aire cargado que bañaba la oscuridad que aquella noche era, como poco, extraña. La fría brisa de las noches de invierno pasadas se había templado, y el viento que otros días hubiera podido arrancar pequeños arboles del suelo con su furia descontrolada se había quedado inmóvil, como si el cambio también a él lo hubiera dejado asustado.

La calle estaba desierta cuando llegué al portal de mi casa empapado y vestido mal que bien con unos pantalones de pana negra, una camisa que en otro tiempo fue blanca y una chaqueta vaquera que no terminaba de abrochar. Hacía un insólito calor a pesar de la lluvia que impactaba en el frío asfalto de la carretera fantasma. Y el silencio, aquel sórdido e inquietante silencio, ayudaba a potenciar aquel clima de oscuridad y misterio.

Al fondo de la calle, donde la vista apenas alcanzaba a ver figuras borrosas y desdibujadas, vi resplandecer una luz roja intensa que me heló la sangre. Era una luz que provenía de unas inmensas llamas doradas que brotaban del mismo suelo y rodeaban con sus lenguas incandescentes todo aquello que se les acercaba.

Y sin embargo no fue miedo lo que sentí ante aquella visión de horror que inmediatamente interpreté como el infierno alzándose en la tierra. Solamente sentí lástima. Lástima por las gotas de agua que se evaporaban antes de haber podido tocar tierra. Lástima por aquellos edificios de fría piedra que tan majestuosos habían sido antaño y que sin embargo ahora se doblaban sobre sus cimientos bajo las caricias de aquel siniestro baile de calor y llamas.

Y sobretodo, más allá del miedo o la pena, sentí lástima por no ser capaz de escuchar, más que fuera un momento, aquellas llamas de oro que iban a terminar conmigo.

Como ya dije en un principio, lo peor de aquella noche... fue el silencio.

Pero todo fue diferente...

24 marzo 2009
El cambio es insignificante, quizás cualquier otro que no se parase un tiempo a observarlo no se percataría y tacharía de iguales los días que pasan lentamente ante mis ojos. Yo, sin embargo, llevo demasiado tiempo en esta pequeña charca como para no notarlo: cada día es un poco más oscuro que el anterior, cada amanecer un poco más perezoso y tardío, cada noche un poco más fría...

Hay veces en que, como cualquier otro, yo mismo dejo de notar como se oscurece mi alrededor. Dejo de prestar atención a las notas silenciosas de esta melodía que se ha vuelto tan monótona y aburrida. Dejo de prestar atención a esos rayos de luz que tantos años me han acompañado y que ahora muestran sus últimos destellos por una causa que saben perdida.

Pero hay otros días en que, al levantarme, me inunda la nostalgia y recuerdo aquellas gotas de agua fría que se evaporaron, aquellos rayos de luz que se apartaron de mi lado dejándome a oscuras, aquellas lágrimas que derramaba sin motivo y tanto me llenaban...

Anoche me sentí a oscuras de nuevo y vi como se marchaban de mi lado esos últimos rayos de sol sin que pudiera evitarlo. Quise detenerlos, agarrarlos con mis manos para que no se marcharán, retenerlos junto a mi para nunca quedarme a oscuras del todo...

Pero mis manos estaban ocupadas, sujetaban los remos de una barca de madera carcomida por el paso de los años. Aquellos rayos de luz no se estaban alejando. Era yo quien remaba, era yo quien huía a esconderme en la oscuridad mientras lanzaba al aire un último grito de auxilio al silencio de una noche cerrada y oscurecida por un manto negro sin estrellas.

La oscuridad siempre me había devuelto las fuerzas. El frío de una muralla de hielo siempre había sido mi mayor barrera. Tras ella, nada me alcanzaba, nada me hería, nada me tocaba...

Anoche forjé de nuevo aquella vieja muralla negra, pero todo fue diferente. No me sentí más protegido,... sentí que estaba muerto.


Realmente ese es mi mundo...

08 marzo 2009
Y cada vez está un poco más claro que no sirvo para esto. No sirvo para estar rodeado, ni para estar al lado de nadie. Anoche pensé en que era lo que me había equivocado. Creo que en todo. Nunca debí soñar con un presente al que no puedo corresponder.

Veo como se refleja la oscuridad en mis ojos cuando me miro al espejo, como trato de huir de ella, de refugiarme en ti. Pero es inútil. Lo único que consigo es arrastrarte conmigo y eso no es justo.

Puede que haya llegado el momento de aceptar que realmente pertenezco a ese mundo. A ese mundo de sombras grises y luces blancas. Ese mundo donde siempre es media noche y el tiempo se mantiene en una pausa constante.

Anoche mientras pensaba, volví a aquella playa de arena gris oscura. Volví a notar su fría temperatura en mis pies mientras andaba suavemente por la orilla inmóvil del mar. Realmente aquel lugar no era feo si se sabía apreciar. Era cuestión de aprender a valorarlo, a percibir los matices de gris que ocultaban los colores que toda la vida nos han cegado.

Tampoco dolía estar allí. Allí nada te hace daño. El fuego te calienta con sus lenguas negras sin llegar a quemarte. Las caídas son tan lentas que nunca llegan ha hacerte daño. En ese lugar, definitivamente, no existe el dolor.

Pero es aburrido, tan sumamente aburrido que te hace gritar de desesperación por salir. Pero es mi mundo, un mundo que había sido un error intentar cambiar. Había sido un error huir. Y ahora, había sido un error traerte a él.

Ahora está un poco más claro que no sirvo para esto. Y sin embargo... no estoy seguro de que es lo que tengo que hacer...

Ojalá las noches fuesen más largas...

Carta a un amigo desaparecido

25 febrero 2009
Querido amigo:

Parece mentira el tiempo que hace que no hablamos y lo mucho que te he echado de menos. El otro día soñé con una odisea en el mar, de esas en que las olas chocan como inmensas murallas de plata contra un barco de bronce repleto de fornidos marineros de los que hacen leyenda, y no pude evitar acordarme mucho de ti, ¡Como te gustaba el mar! Recuerdo cuando te quedabas mirándolo durante horas pensando, absorto en ti mismo como si buscaras en el agua cristalina la respuesta a todos los misterios del cosmos, y luego me mirabas con aquellos ojos azules marinos y estaba seguro de poder ver en ellos las mismas olas que rompían en la orilla de aquella pequeña playa de piedras grises y blancas en la que solíamos quedar.

Espero que allá donde te hayas ido sigas teniendo un mar al que contemplar en tus tardes muertas en solitario, aunque dudo que te fueras de aquí de no ser así. Por estos lares parece que sólo yo te echo de menos, lo cual no debe extrañarte ¿no es así? casi mejor que así sea, no me gustaría que nadie me preguntara por tu ausencia con el típico tono neutral del que busca con más ahínco el inicio de una conversación sin contenido que la propia respuesta. ¡Bastante te estoy echando ya de menos sin tener del todo claro el porqué!

En estos momentos me bastaría saber que vas a recibir esta carta, saber que ni el viento ni la lluvia borrará la tinta con la que han quedado impresas estas pobres palabras, mas por desgracia o fortuna no se lo suficiente de tu paradero como para poder mandártela. Creo que simplemente la tiraré al mar, encerrada en una botella del más puro vidrio cristalino, con la esperanza de que a través de él puedas verla y nadar en su busca. Con lo que te gusta el mar, estoy seguro de que acabará por llegar hasta ti, y que solo será cuestión de tiempo.

No voy a pedirte que vuelvas a mi lado, al menos no de momento. Creo que necesito seguir un tiempo alejado de ti, quizás para aprender a valorarte mejor, quizás para convencerme de que no te necesito junto a mi. En cualquier caso, parece el tiempo sólo sabe contestar cuando se le hacen las preguntas correctas. Intentemos no equivocarnos.

Tu inseparable amigo...

Sergio

Transporte público

13 febrero 2009
Me subo en el autobús y apenas tres caras me acompañan, hay sitio de sobra. La temperatura es aun más fría en el interior que fuera, quizás el conductor sea novel y no sabe ni como desconectar el aire acondicionado. Tampoco importa.

Como siempre, avanzo hasta el final del auto y me siento en la última fila para poder ver a la gente subir y bajar, cada cual con sus vidas, con sus risas, con sus pensamientos y emociones.

Hoy sin embargo el bus va casi vacío, y de las tres personas que van conmigo dos se bajan en la siguiente parada. No sube nadie.

Estoy tan acostumbrado al agobio del transporte público a hora punta que me extraña tanta soledad. ¿Será porque es viernes? ¿Habrá pasado algo y no me he enterado?

Pronto me doy cuenta de que la única persona que queda en el vehículo a parte de mi, me está mirando fijamente. Es una chica de ojos verdes azulados como el océano, tan claros que se percibe su brillo desde mi posición, en el lado contrario del auto. Su pelo es claro también, de un color rubio que roza casi el marfil, y le cae como dos cataratas de oro blanco a ambos lado de su pálido rostro.

Intento mirar hacía otro lado y me concentro en la ventana, en las calles desiertas que avanzan con enorme velocidad desdibujando sus contornos y transformándose en manchas de colores difusas e incorpóreas.

Tampoco en la calle se ve a nadie pasar, ni hay más coches en la calzada. Casi agradezco la única presencia de aquella chica tan rara, pese a que su mirada tan fija y tan clara me cohibe y me pone nervioso hasta el punto de resultarme insoportable.

Pero se baja, poco minutos después parece que ella también ha llegado a su parada, y mientras el autobús se pone en marcha de nuevo veo como su silueta se pierde a lo lejos de una calle muy ancha y muy larga que va a parar a las afueras de la ciudad.

Ya solo estamos el conductor y yo, pienso apenado, y por un vago intento de vencer la monotonía del paisaje, me levanto y avanzo hasta su cabina para entablar una conversación de esas que se tienen por mera distracción y no conducen a nada.

Cuando llego, sin embargo, veo mi propio rostro concentrado, con la mirada fija en la carretera y ambas manos sobre el volante. Soy yo quien conduce.

Quizás cualquier otro se hubiera asustado ante tal visión, pero yo ya estaba acostumbrado a conducir mis propios railes, a mantener estúpidas conversaciones con un espejo de cuarto de baño.

Me senté de nuevo y esperé a mi parada, que a cada minuto que pasaba parecía estar más lejos.

Y aun espero su llegada... y aun sigo solo.

De la potencia al acto...

10 febrero 2009
No nos damos cuenta de cuando cambiamos, pues estos cambios se realizan tan progresivamente que nos es imposible percibirlos. Pero suceden continuamente, vivimos en una continua evolución, en una transformación de principios, de ideas, de experiencias, de matices.

Y de pronto hay un día en que echas la vista atrás y te das cuenta de que ya no eres quien creías ser. Ya no defiendes los mismos principios. Y a veces, en los peores casos, te das cuenta de que te has convertido en aquello que odiabas, criticabas, o simplemente despreciabas.

¿Que hay que hacer en esos momentos? ¿Como subsanar un cambio que ya forma parte de ti? ¿Como deshacerlo si el hecho de hacerlo perjudica a personas que te importan?

En una sociedad tan entrelazada, vivimos unidos por lazos invisibles que atan nuestra vida a cuantos nos rodean. Nos entrelazan en una telaraña tejida con el hilo más débil y a la vez más resistente de todos.

Y nuestro entorno cambia. Y nosotros cambiamos.

... yo he cambiado...

Hoy he conseguido ver en lo que me he convertido. Hoy veo en mi, la huella de los defectos que con la más pura lógica racional había creído extinguidos. Hoy noto un reflejo de aquello cuanto duramente criticaba, marcado a fuego en mi propio ser.

Hoy me doy cuenta de que ya no soy ni lo que era, ni lo que quiero ser.

Hoy estoy un paso más lejos de todo y sin ganas de volver a caminar.

¿Y si la pesadilla no acaba?

29 enero 2009
¿Quién soy?

Ojalá conociera la respuesta. Ojalá conociera el motivo de todo esto, el sentido por el cual siento lo que siento, la razón de este distanciamiento general, de este aislamiento. Cuanto más me acerco a todos más lejos me siento, más aislado, más distante, más solo.

Siempre me había esforzado en forjar esa frágil barrera que me protegía del dolor, que escondía mis ojos para que nadie pudiese ver más allá de ellos.

Ahora todo ha cambiado. Mi muralla se extiende sola a mi alrededor y me cubre, me quema, me encierra. Intento echarla abajo pero ya no es frágil como antaño, es fuerte, demasiado gruesa para quebrarla. Intento derretir el hielo pero hace demasiado frío. El hielo se oscurece a cada noche como si absorbiese el negro del firmamento en el que ya no luce estrella alguna.

Oigo un grito, un niño que llora, un fuego que crepita débilmente intentando escapar de su inevitable extinción. Y luego silencio. Un silencio tan frío que hiela aun más mi muralla resaltando su majestuosidad.

Y aparece el miedo, un miedo irracional a lo desconocido, un miedo desconocido en si mismo que aumenta, que penetra en mi interior extendiéndose como un veneno.

Ya no tengo miedo a perder, ni a la soledad, ni al daño que puedan hacerme... y sin embargo tengo miedo, más miedo del que nunca he tenido.

Cada noche se vuelve más oscura, más solitaria, más fría...

Llueve, y las gotas de agua se escapan entre mis dedos sin mojarme, como lágrimas secas que estallan en mis manos, que me queman como acido.

Y un trueno rompe el silencio y el cielo se abre tras un rayo. Y de pronto sangre, mucha sangre a mi alrededor, en mis manos, en mi ropa. Un espejo roto que me devuelve mi sonrisa, y en mi pecho el corazón ya no late, esta parado.

Suspiro.

Me incorporo en mi cama tras sonar el despertador, comienza otro nuevo día. Igual que el anterior y el anterior. De nuevo siento esa cuerda que tira de mi y me aleja de todo cuanto necesito. Esa cuerda que me aleja de la mismísima necesidad.

De nuevo en una esquina, entre miradas furtivas, entre sonrisas, entre burlas descaradas, entre niños, entre luces negras. Un barrido general con la mirada y todos desaparecen. He cerrado los ojos.

Vuelvo a ver la misma escena tintada de rojo sangre. Vuelvo a tener el mismo cuchillo manchado en mis manos. Vuelvo a tener el pecho inmóvil, sin pulso, con la piel pálida y una sonrisa en el rostro. Y siento dolor, mucho dolor. Un dolor que no es físico pero duele mucho más.

Abro los ojos.

Vuelvo a estar en mi cama echado. Ya no se diferenciar los sueños de la realidad, se distorsionan, me confunden.

Ya no quiero levantarme. ¿Para que? Posiblemente sigo soñando y todo acabará igual, despertando después del olor metálico de la sangre.

Y ese día no voy a clase, ni al siguiente, ni al siguiente...

Y nadie me echa de menos...

El funeral de las estrellas

25 enero 2009
Comienzo a ver marchitarse la noche.

Las estrellas se apagan lentamente en un azar eterno de oscuridad infinita. Cae una lágrima por cada punto de luz que muere, que se marchita ante mis ojos.

Y cada día un poco más solo, un poco más lejos de todo, un poco más perdido, un poco más fuerte.

El silencio taladra la noche, ya no hay voces a mi alrededor que me acompañen, que me aconsejen, que me comprendan. No las hay porque yo las he echado de mi lado, las he alejado de mi, las he protegido de mi mismo.

Ahora junto al silencio parece acercarse la oscuridad.

No puedo dejar de pensar que lo mejor es cerrar los ojos para no ver como la luz se apaga. Quizás sea mejor darle al interruptor y que se haga de día, que la luz de todas las estrellas mueran en el mismo destello de luz que me ciegue.

Puede que sea la mejor forma de evitar sufrir. Y sin embargo, no puedo evitar aferrarme a esos puntos de luz en el cielo. Me he hecho adicto a su parpadeo, a su débil crepitar. Y al igual que una droga, esta adicción me está matando por dentro, me está desgarrando lentamente, como caen de lentas las lágrimas de mis ojos hacía el mismo marco de la misma ventana.

Nunca estuve hecho para soportar esta droga, y puede que esté llegando el momento de asumirlo y volver a la oscuridad.

Al compás de la lluvia

13 enero 2009
Las gotas de lluvia caían como estrellas brillantes que se desplomaban fugaces contra el suelo azul del horizonte. El silencio era roto solo por el compás sincrónico de las gotas al impactar contra el frío asfalto, por el correr incesante del agua en las calles y por el grito mudo de la lluvia al buscar en su camino, la libertad, sin ser ser consciente de que el mar no es más que una nueva cárcel mucho más estrecha que los cielos...

Atrapé unas gotas con mis man
os para contemplarlas, para verlas brillar mientras se escurrían entre mis dedos dejándome solo de nuevo contra el alféizar gris de aquella misma ventana rota de cada noche, de cada tarde, de cada día.

El amanecer golpeó mi cara sin que me percatase de ello. Era un amanecer frío y oscuro como la misma noche. Con un sol en alza tan negro y brillante como una esfera de obsidiana pura que, imponente como una divinidad, rompía los cielos nocturnos a su paso forjando un cielo oscuro sin estrellas de un día triste y lluvioso como el anterior y cuantos recuerdo.

Estaba cansado de esperar al tiempo. Mis ojos se cerraban y abrían al compás de la lluvia,... pero no dormía,... ya nunca dormía.

Estaba perdiendo la noción del tiempo, de la vida, de la cordura. Estaba perdiendo el mismísimo deseo de existir, de ser alguien. Quería transformarme, salir de mi cuerpo y convertirme en una gota de agua más que, al compás del amanecer, me fundiese como rocío o como llovizna, para acabar sin temor ni recuerdos en el dulce e infinito azul océano.

Pero aquel día no era mi día, ni aquella semana mi semana, ni aquel mes mi mes, ni aquel año mi año. Aquel momento no era más que tiempo de escribir con suspiros una carta al viento, y leerla al sol pidiendo, quizás, que mañana se rindiera a la luna, y la noche fuese eterna por fin.

Y ha pasado el tiempo desde aquella madrugada sin que nada cambie. Días, semanas, meses, años... y todos... todos han sido iguales.

Ahora que no estás

29 diciembre 2008

El laberinto se oscurecía lentamente bajo el influjo de una presencia invisible. El fuego de las antorchas que iluminaban los corredores se tornó negro como la obsidiana y una bruma oscura casi opaca comenzó a extenderse por los pasillos de acero.

Noté como la temperatura descendía bruscamente hasta helarme la piel, como una fina capa de escarcha gris cubría mi piel indefensa y la desgarraba por dentro.

Intenté llamarle como tantas veces había hecho antes, pero ya no estaba conmigo. Su presencia se había esfumado dejándome bajo los designios de aquella bruma negra que lo comía todo a su paso. Le llamé sin parar hasta que mi garganta se quedó seca y sin habla, pero ya era tarde…

Dos luces rojas como rubís iluminaron de pronto el laberinto dilatando mis pupilas y paralizando mi cuerpo. Dos luces que brotaron como minúsculas calderas de odio que se entrelazaban con hebras de fuego forjando la silueta de un ser que haría estremecerse al mismísimo diablo.

Vi como ese ser nacido de mis pesadillas expandía de nuevo las sombras por los corredores del laberinto, sumiendo la estancia de nuevo en una penumbra solo rota por dos débiles puntos rojos que crepitaban en el silencio fantasmal de aquella noche helada de invierno.

Y sin embargo al mirar a la criatura a los ojos, observe que su poder no había menguado, su fuego se concentraba alimentado por su ausencia, bebiendo de su perdida, fortaleciéndose ahora que ya nada podía pararlo. El frío me quemó por dentro haciéndome cerrar los ojos con fuerza y soltar un grito que quedo ahogado en la oscuridad.

Y ya no volví a ver nada.

Cuando abrí los ojos de nuevo el espejo devolvió el mismo rostro que antaño, pero mis ojos ya no me pertenecían. Mi cuerpo había quedado completamente sumido al poder de la sombra.

Pero no me importó…

… porque él ya no estaba conmigo…

...me abandonó...

28 diciembre 2008

Poco a poco las cosas volvieron a su cauce. Las tenues notas musicales brotaron de nuevo afinadas y perfiladas al compás de una melodía incansable y elocuente. La lluvia se transformo en una niebla blanca y fresca, que se fue dispersando a medida que la tarde teñía de rojo el cielo.

Allí estaban las rojas y cálidas sonrisas del verano, las llamas fervientes del crepúsculo otoñal, y las quemaduras inherentes al granizo del invierno. Quizás un poco más frías que antaño, quizás mas controladas que en los inviernos pasados… y sin embargo estaban de vuelta, alimentadas por un fuego interior que parecía desafiar al núcleo ardiente de las estrellas que punteaban el firmamento.

También estaban los niños que jugaban gráciles en el parque con sus padres arropándoles en el calor de sus brazos, y parecían volver a ser felices. Ya no lloraban, ni gritaban, ni se perdían en la estela de una lágrima que palpitaba en el viento.

Que bello sentirlo todo de nuevo…

El tiempo me había jugado una mala pasada, una tirada de dados perfecta que había dado la vuelta a la partida, había tornado las cuentas y ahora tocaba mover a mi ficha de hielo, que al compás de la melodía y con el rugir del viento, comenzaba a derretirse en un baile de lágrimas sin aparente sentido.

De pronto me di cuenta de su ausencia…

La vi tan clara como la más reluciente de las señales, como la más cruda de las realidades. Él no había vuelto, y su marcha ponía en peligro todo cuando tenía de nuevo en mis manos. Su ausencia hacía tambalearse los cimientos de todo cuando era importante para mí.

Pero él no había vuelto,… y parecía no querer volver...

Y ahora por fin… comprobé cuan dependiente de su cuerpo era…

…me había dejado solo…

Atrapado en el tiempo

17 diciembre 2008

¿Alguna vez has tenido la sensación de vivir atrapado en el tiempo? ¿De haber caído preso del continuo pestañear de la monotonía?

A veces cuando me despierto por las mañanas tengo la sensación de vivir en una extraña película que se repite sin llegar nunca a terminar, con el continuo esperar de un momento que parece que siempre está a la misma distancia, en el mismo futuro próximo pero inalcanzable.

Las mismas calles, la misma gente, las mismas clases, las mismas tardes, las mismas noches, los mismos recuerdos, las mismas ilusiones… Si no tiene sentido vivir dos días iguales,… ¿Dónde encontrar el sentido a vivir semanas iguales, meses iguales? ¿Qué hacer si el mismo principio que le da sentido a todo se repite incesantemente hasta aburrir? ¿Qué ocurre cuando se cumple esa meta que llevabas tanto tiempo esperando y de pronto te quedas vacio y ya no sabes que buscar? Y si sabes que ese momento se acerca… ¿Cómo te preparas? ¿Cómo lo vences?

A veces cuando me despierto desearía seguir durmiendo, seguir echado en la misma cama, del mismo cuarto, de la misma casa. Escucho caer la lluvia y el sonido de todas las gotas me parecen iguales, con el mismo compas rítmico de un reloj de pared que se ha quedado atascado a tan solo un segundo de un nuevo día que no llega.

Y una vez más recurro a las mismas veintisiete letras de siempre, con las que narrar casi con las mismas palabras, los mismos sentimientos, de la misma persona que sigo siendo desde hace tanto tiempo…

Y una vez más, no tengo tiempo…

Lo echaba de menos...

14 diciembre 2008

He vuelto a pisar las orillas de la charca que antaño abandoné. He vuelto a pisarlas con los pies descalzos, y de nuevo he sentido mi vida pasar ante mis ojos como gotas de agua que caen al llover.

Me di cuenta de pronto del tiempo que había pasado, de cuanto me había cambiado el trascurrir de los días y los meses. Me sentí solo, tan solo que la noche al instante se vació de estrellas. Pero no estaba triste, algo dentro de mí latió con fuerza, con ferocidad, con un crepitante llamear de un fuego inextinguible.

Entendí cuando había echado de menos estarlo, sentirme aislado de todo. No es que estuviera solo físicamente, ni que nadie ocupara mi mente, no… Estaba solo en el mayor sentido de todos, tenía la capacidad de estar conmigo, de escuchar mis pensamientos, mis ideas, mis temores, mis lamentos.

De pronto noté una fuerza tan potente que me hizo estremecer, me sentí capaz de todo, dueño de todo cuanto me rodeaba. Me sentí capaz de elevar mi muralla hasta los cielos de un color tan negro y puro que no hubiera luz que pudiera atravesarla. Capaz de decir adiós, de romper los lazos que me ataban, de secar cualquier lágrima que intentara brotar de mis ojos.

Y sin embargo no hacía falta, no necesitaba un escudo si era capaz de crearlo llegado el momento. Mi mayor defensa ya no era la indiferencia ni la oscuridad. Mi mayor defensa estaba ahora clara.

Y ya no parecía haber vuelta atrás…

Iniciando las despedidas...

13 diciembre 2008

Aun recuerdo la primera vez que me dijeron que los amigos son eternos, cuando me dijeron que un amigo está siempre que lo necesitas, que cuando te desvías de tu rumbo él siempre está esperando que vuelvas y te perdona, te perdona porque es eso lo que hacen los amigos…

Recuerdo que jamás creí en esas palabras edulcoradas y adornadas con más mentiras que verdades. Y cada año que pasa encuentro una nueva prueba del engaño, de la farsa. La amistad es lo más frágil que hay, ni tan siquiera el amor lo es tanto.

Miró a mi alrededor y me encuentro con mis amigos, están todos, a quienes admiro, a quienes aprecio, a quienes respeto. Estamos todos juntos, codo con codo, en un cruce de caminos. Puedo oír como respiran, como hablan, como cooperan. Y sin embargo todos han elegido ya caminos diferentes, todos inconscientemente han firmado ya su propia despedida y sin saberlo han comenzado a andar hacia el olvido.

¿Hablar con ellos? Es cierto, no servirá de nada. No se puede unir una relación que ya ha comenzado a separarse, no se puede mantener a la fuerza, no se puede hacer nada…

Quizás ha llegado ya la hora de este grupo que tan buenos ratos a pasado. Pongamos como culpable al tiempo, pues no tiene sentido culpar a nadie más que a él.

Y es que la amistad es frágil, no aguanta el desgaste ni te espera siempre.

Y los grupos aguantan mucho menos…