Ya no corro. Me he tropezado con una rama seca y he caído al
suelo. No puedo levantarme. La oscuridad de la noche es cada vez más intensa, más lúgubre. Tengo el cuerpo entumecido del frío, la ropa empapada de la humedad del suelo,... Tengo sueño, un sueño de los que te intentan arrancar el estado de consciencia de golpe. De esos que se ciernen sobre ti dejándote tan débil que apenas puedes abrir los ojos.Pero ante todo tengo miedo. Un miedo irracional y descontrolado que se extiende por mi cuerpo como una mancha de tinta en un papel mojado. Una sensación de peligro, de un enorme peligro que se acerca entre las sombras. Hacía tiempo que no lo sentía, que no sentía ese temor que precede a un suceso horrible. Ese terror a algo que no se puede identificar pero que está ahí, esperando, anhelando atacar, aguardando el momento.
Mis extremidades ya no me responden, apenas consigo darme la vuelta para dejar mi cuerpo tendido boca arriba. Mis ojos entrecerrados buscan alguna estrella en el firmamento que me de consuelo, pero las ramas de los arboles no me dejan ver el cielo.
El bosque está jugando, alzando su ficha en busca de una nueva casilla. El dado está en el aire y noto como cae a cámara lenta, realzando cada cara de su pulida superficie perfecta, centelleando en la oscuridad, preparándose para marcar una sentencia.
Busco en mi interior las fuerzas que tenía aquel día en que decidí abandonar la charca y lanzarme al bosque. Pero busco en vano. Mi energía se ha disipado en este mar de arboles secos. En esta bruma oscura y sombría. En este silencio estancado.
Lanzo una mirada a la oscuridad en busca de auxilio, pero sólo el silencio me contesta. Sólo hay miedo en este lugar, sólo hay pérdida, sólo estoy yo.
Finalmente cierro lo ojos y dejo que la oscuridad me trague y me consuma.
...por hoy, me doy por vencido...















